Mientras hacemos el amor, muy cerca del abandono final ella dice que es mía, que puedo hacer con ella lo que quiera. Dice que me ama y yo me pregunto si es verdad y si hay modo de saberlo. Solo oímos las tandas del viento y algo así como un murmullo de motores. Sudamos, agitados. Hago una pausa minúscula y respondo que yo también la amo, pero justo después de decirlo ya no sé si la amo, o al menos lo dudo. Estoy sobre su cuerpo, lo siento desde mis tobillos hasta mi frente, y lo veo —al menos veo su trapecio derecho y la hondura clavicular, su cuello palpitante, las ráfagas de su cabello acanelado, su oreja sonrosada— y respiro su sudor y el aliento tibio de sus leves gemidos; pero sé que no puedo abarcarla completamente y sé que ni siquiera mirándola de lejos podría, porque a veces lo hago, para confirmar que la conozco, que es ella… Agonizar en un escaparate (ensayo de una novela) ¿Cómo es que de esos fragmentos de olor, de Bubok, 2010 anatomía inefable porque desconozco los nombres de todos esos músculos y huesos, de miradas y voces repetidas, la obtengo a ella, la derivo o la construyo? Ella nunca Este es un libro sin género determinado; favorece una lectura aleatoria: es posible abrirlo en cualquier página o capítulo y empezar a leer, volver atrás, saltar, ir a la deriva y volver a empezar o no terminar jamás…está simplemente allí,desvelada, ya descubierta del todo. Y sin embargo sé que compartimos algo así como un mundo: una atmósfera imprecisa que nos rodea siempre, que nos Perfil en Bubok y descarga gratuita (pdf) sostiene en una burbuja de entendimiento mutuo, que nos mece a un mismo ritmo frente a los mismos paisajes… Dichosamente, explicarlo no es una obligación ni lógica ni moral, porque de serlo no encontraría las palabras precisas y lo traicionaría al decirlo… Al final del amor, esa agitación respiratoria que no sabemos si es un triunfo o un fracaso. Miramos el cielo raso, callados; en una esquina hay manchas de agua en forma de Mickey Mouse; se lo digo y ella sonríe… A veces, en efecto, todo esto me parece un triunfo; pero otras veces me deja un sinsabor agrio. La cama se enfría lentamente. Ella se vuelve hacia la pared, ofreciéndome la espalda o negándome su frente, su pecho, su rostro… ¿Y se puede amar un cuerpo sin rostro? Siento el deseo de un cigarrillo pero me da pereza levantarme a traerlo. Alguno de los dos suspira. Luego, no sé cómo, llego a pensar en Descartes y pienso que su obra fue un crimen contra la humanidad: creyó e hizo creer que se podía pensar sin el cuerpo. Más bien a él debieran haberlo purificado con las llamas de alguna inquisición; pero esas vueltas de la historia: terminó héroe, fundador de civilizaciones.
Un porvenir sin certezas últimas –definitivas, inmodificables– sobre nuestra naturaleza, le da mayores y mejores posibilidades a la justicia. Simplemente porque no la hace depender de una verdad que de todos modos siempre será cuestionable, sino de alguna mortal opinión que siempre será cuestionable. Porque nadie podría hacer nada contra una verdad que fuera eterna e irrefutable, a lo sumo padecer algún martirio o tener que matar por esa verdad. Pero contra una opinión siempre es posible ofrecer otra y vencerla. Eso quiere decir que El cuento de uno mismo siempre podríamos acercarnos más a la justicia, es decir, con mejores definiciones y más acordes situaciones de vida, EUCR, 2009 individual y comunitaria. Las certezas últimas cierran el porvenir al mejoramiento de la humanidad en general. Hasta cierran el porvenir de la ciencia, como si alguna vez fuera posible para nosotros dejar de conocer lo real. Hacen como si el tiempo pudiera dejar de correr y el universo pudiera dejar de cambiar. ¿Pero quiénes somos nosotros para decirle al universo cómo El carácter de los textos es más personal y coloquial que estrictamente académico. La mayoría discute temas de actualidad relacionados con asuntos de ética, nacionalidad, personalidad, literatura y asuntos políticos, culturales y psicológicos diversos. Hay en el volumen textos sobre la justicia, la participación política, las posibilidades de una comunidad solidaria, el amor, el mar, sobre perros, vampiros y hormigas, sobre pachucos, patanes y adúlteros, sobre películas (Eyes Wide Shut, The Matrix, Adaptation, etc.), las relaciones entre ficción y realidad, sobre el paraíso, la escritura, la “racionalidad literaria”, la hospitalidad, la homosexualidad… debe comportarse o qué secretos debe esconder en sus subsuelos y lejanísimas galaxias? Una humanidad dueña de sí misma, es decir, consciente de la ausencia de una naturaleza humana predeterminada y determinista, así como de certezas incuestionables, inmutables y eternas sobre su moralidad, sería una humanidad madura. Tabla de contenido (pdf) Sería una humanidad que reconocería y aceptaría su historia natural, y que, a la vez, reconocería y aceptaría la responsabilidad que entraña haber llegado a ser capacesEscribir, la propia voz (fragmento, pdf) de intervenir en dicha historia. No dependería ya de un Padre que le dictara todo lo que se debe hacer. Y si su racionalidad y sus instintos le tentaran a plantear principios con vocación de universalidad –derechos humanos, por ejemplo– pues los planteará sin problemas, pero sabiendo que no son universales por divinos o frutos de una ciencia infalible, sino porque así lo decidimos nosotros mismos: serían, pues, no un don, sino un triunfo (ético y político, por ejemplo). Y entonces daríamos razones para sostenerlos e intentaríamos convencer a otros con ellas y no con verdades últimas, que son muy distintas y se parecen siempre demasiado a los ultimátums y las bombas.
Esta plática, ya ineludible, entre filosofía y literatura, al poner en obra y sostener en juego las severidades del pensar y las gracias del verso, de la imagen, de la parábola, marca también una suerte de ejemplo ético y político. Es una muestra, sencillamente, de la imperativa necesidad de recrear continuamente formas de diálogo que no atenten contra la calidad y la caridad del pensamiento, contra las diferencias culturales e individuales, contra el derecho a expresarse, a replicar, a afirmar. De distintas maneras veremos que en estos textos el pensamiento que se quiere filosófico se inclina, gracias principalmente al entrelazamiento con Las reglas en juego (Algunas relaciones entre filosofía y literatura) (editor y coautor) la literatura, hacia aspectos que grosso modo podemos llamar “éticos”. Quizá nada más porque tienen que ver Arlekín/Perro Azul, 2003 con las maneras como nos relacionamos y nos afectamos, y con cómo el pensamiento –por más riguroso que se plantee a sí mismo– siempre tendrá que partir de y volver a las espirales de la vida que lo hace posible. (Se trata aquí de cómo el pensamiento sólo Índice y Preámbulo (pdf) puede perder si se niega a trazarse dentro de esa vida. De hecho, podemos llamar “nihilismo” a cualquier pensamiento que se niegue a ello.) Y mejor sería decir, para ser consecuentes: a las vidas que lo hacen posible. En la novela, por ejemplo, el pensamiento nunca se olvida de sí mismo como parte del tejido, de la estructura –fabric, se dice lúcidamente en inglés para recoger Los textos reunidos en esta antología celebran la diversidad de talantes, de fuentes, de relaciones que emergen cuando se entablan diálogos entre literatura y filosofía. Esos diálogos, según las distintas perspectivas aquí ofrecidas, se muestran entre otras cosas como un ejemplo ético. Tiene mucho que ver con cómo nos relacionamos, entre nosotros, con nuestros textos, con el porvenir de los saberes y de las comunidades. ambos sentidos– de la vida de donde surge y donde es efectivo. ¿Cuáles reglas –entonces– y cuál juego? Curiosamente, fue conversando entre amigos, mientras jugábamos billar, como llegamos al título de este volumen. Tratábamos de decidir si podíamos hacer más interesante el juego variando ligeramente alguna de las reglas. O bien, si en ese momento nos convenía más hacerlo. Por eso el trasfondo de todo esto es en realidad muy simple: no habría nunca que renunciar a poder cuestionar las reglas, todas, si el caso lo exige. Para poder jugar –que es como decir: para poder vivir– necesitamos, sin duda, reglas; pero para poder seguir jugando sin condenarnos a alguna resignación, sin aburrirnos, y ponderando siempre mejores maneras de convivir (de jugar) sin tener que postular una redención en alguna trascendencia fuera de juego (fuera-de-vida), debe ser posible, en principio, cuestionar todas las reglas en algún momento. Es la misma promesa que sostendría a una democracia radical.




