Y el timbre. Abrir la puerta.
El vecino. Su rostro aborregado.
Y verse obligado a conversar —después de todo, uno es humano—.
“Con todo gusto, con todo gusto.”  

 

Y subir las escaleras mansamente.
Mirarse en el espejo. Odiarse.
Haberle sonreído al vecino. “Con todo gusto.”  

Y ceder otra vez.
Saberse enfermo. Rever fotografías. Y tratar de desconocer esos rostros amados y enemigos.
A veces, llorar. Aunque cada día menos.
O golpearse las sienes.
O masturbarse. Aunque cada día menos.  

 

Recordar tardes de sol y colores.
Añorar adjetivos precisos: nuevos.
Y reducir la respiración a un aliento.  

 

O bien:
Leer la propia historia en mil libros.
Y saberse una repetición ridícula o retrógrada.
Casi: una tradición.  

 

Y perder la “capacidad de asombro”.
Ya no soportar leer novelas. Ni ver películas.
Y anunciárselo a nadie. Al espacio. No vacío sino lleno de unomismo. ___
Yamileth Moreira González, Bibi Camacho, Luciana Pavez Phillips liked this post
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