El énfasis común de la psicología ha sido la enfermedad mental. Desde hace dos o tres décadas, sin embargo, algunos psicólogos se han dedicado más bien a estudiar las condiciones necesarias para promover la buena salud mental: no cómo se descarrila la mente sino como funciona normalmente y cómo puede “mejorarse”, es decir, cómo alcanzar y mantener estados mentales “positivos”, de concentración, tranquilidad, virtud y, por supuesto, felicidad. Ellos mismos han denominado su área de trabajo “psicología positiva”. La idea tiene un importante contenido político, aunque sea indirecto, pues se trata también de comprender cómo podría fomentarse el talento, el bienestar, y cómo operan en nuestra mente humana los valores, la moral, la toma de decisiones, los proyectos: todo ese saber ayudaría a conformar instituciones que puedan promover el “bienestar mental”, con lo cual, en efecto, la psicología tendría un alcance positivo y no se reduciría a ser un estudio de enfermedades.

Evidentemente, el tema de la felicidad es tan viejo como la filosofía, y la sensación de felicidad seguramente tan vieja como la humanidad (en realidad, mucho más vieja aún…). Desde los viejos griegos –el socrático conocimiento-de-sí o la eudaimonia aristotélica– a los estudios neurológicos de punta, los esfuerzos por comprender eso que difusamente llamamos “felicidad” generalmente se cruzan con el esfuerzo mayor de comprender “el sentido de la vida”. Nada baladí. Y ha habido todo tipo de respuestas, por supuesto: filosóficas, religiosas, científicas. Como es de esperar, las últimas son las que, hoy en día, están en boga. Acerca de estos asuntos, recién leí un par de libros, que recomiendo:

Punset es muy conocido por su excelente programa Redes, de Televisión Española, en el cual, durante años, se ha dedicado a entrevistar a los más importantes científicos del mundo y a explorar los temas más candentes y sugerentes relacionados con la ciencia, la vida humana, el universo…

Haidt es profesor de psicología en la Universidad de Virginia. Se ha dedicado a estudiar las emociones morales, especialmente su contenido intuitivo; es decir, a buscar las bases morales universales –independientes de las diferencias culturales y las tradiciones políticas– y sus posteriores y diversas construcciones culturales y políticas. Su Teoría de los fundamentos morales ha producido ya gran cantidad de investigaciones y documentos que debiera consultar cualquier persona interesada en los orígenes de la moral humana (sus aspectos innatos, universales) y sus distintas expresiones en cada cultura. En marzo del 2012 se publicará en EUA el nuevo libro de Haidt, The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion (el enlace incluye la Introducción del libro), dedicado a estudiar cómo los orígenes de la moralidad pueden explicar las intestinas luchas religiosas y políticas típicas de los seres humanos (Haidt ha estudiado con cuidado las diferencias morales que subyacen a la oposición entre “liberales” y “conservadores” en EUA, pero sus estudios aplican para todas las sociedades humanas).

Ambos textos (Punset y Haidt) parten de las más actualizadas investigaciones científicas en biología evolucionista, neurología, etc., lo cual, dichosamente, saca el tratamiento de la felicidad del estilo típico de libritos de “autoayuda”.

Al texto de Punset lo atraviesa desde la primera página cierta “animalización” del humano que yo, por lo menos, agradezco: el punto de partida para comprendernos es nuestra historia biológica, nuestras raíces en el mundo animal, desde las amebas a los reptiles y de los mamíferos en general a los simios. No somos ángeles y entre nosotros y los demás animales, gracias a Darwin, reconocemos ahora no diferencias radicales de clase, sino simplemente de grado. Hay continuidad entre ellos y nosotros y, por lo tanto, es de esperar que nuestra vida emocional parta también de características que compartimos con otros animales.

Así empieza Punset su primer capítulo:

La felicidad es un estado emocional activado por el sistema límbico en el que, al contrario de lo que cree mucha gente, el cerebro consciente tiene poco que decir.

Pero no solo la felicidad parece ser algo ajeno, en buena medida, al “cerebro consciente”. Sin contenido emocional no solo sería muy difícil tomar decisiones (meramente racionales), sino que el aspecto consciente y racional de nuestras decisiones es un fenómeno generalmente muy posterior a la toma de una decisión. Tanto Punset como Haidt citan a Antonio Damasio, el ya célebre neurólogo –por textos como, entre otros, Descartes’ Error. Emotion, Reason, and the Human Brain–, para mostrar que la vida emocional preconsciente no solo antecede a nuestro pensamiento racional consciente, sino que en buena parte lo determina. Por ejemplo, cuando se les pregunta a las personas qué piensan sobre tal o cual tema ético polémico, por ejemplo el aborto, o la clonación, etc., generalmente tienen una respuesta rápida y segura, que, claro, pueden defender racionalmente; pero el asunto radica en que la defensa racional acostumbra ser una justificación a posteriori de su creencia y no una base racional a partir de la cual levantan y sostienen su posición. Es decir, primero tenemos una especie de intuición moral y luego la justificamos racionalmente.

O bien, según muestran las investigaciones de Damasio, en pacientes que han sufrido ciertos daños cerebrales y que, debido a ellos, pierden su capacidad emocional, sus vidas se convierten en un radical caos: a pesar de que sus capacidades de pensamiento lógico, racional, están intactas, al no experimentar emociones no pueden tomar la más mínima decisión ni ponerse metas o plantearse un proyecto y comprometerse con él. Su racionalidad en perfecto estado, junto con la ausencia de contenido emocional, los conduce a una vida carente de todo sentido donde, a pesar de poder debatir los pros y contras de cualquier situación y entender lógicamente las alternativas, son incapaces de decidir nada y darle curso a su vida. Según Punset, para la felicidad no solo es necesaria la sensación de placer, sino el poder comprometerse con un proyecto de vida. Muchas veces este compromiso es inconsciente, pero existe, es una especie de trasfondo emocional que nos permite, precisamente, decidir por una acción x o y. Pero sin la capacidad emocional no podemos decidir. Una sociedad de agentes meramente racionales necesariamente conduciría al abismo; algo así como una sociedad conformada meramente por psicópatas… (Afirmaciones como estas se basan en cuantiosos estudios y experimentos, muchos de ellos neurológicos; es imposible resumirlos aquí, cito simplemente algunas conclusiones como invitación a leer los textos correspondientes… Entre ellos recomiendo también los textos de Michael Gazzaniga, especialmente este y este.)

En este entramado de temas lo que más me interesa es esto: con base en los últimos ciento cincuenta años de investigaciones científicas en áreas como evolución, biología, psicología, neurología, fisiología, etc., parece haber una base moral intuitiva, universal a todos los seres humanos, anterior e independiente de las diferencias culturales –parte de algo que habría que llamar “naturaleza humana”– sobre la cual se desarrollan y expresan los diferentes sistemas normativos morales de las más diversas sociedades; y esta base emocional universal de la fisiología y la moral humanas no solo es fundamental para comprender cómo podemos ser felices individualmente, sino, y por eso mismo, cómo deberíamos transformar políticamente nuestras instituciones y sociedades para promover precisamente el surgimiento de la felicidad… Algunos verán en esto cierta frivolidad: ¿cómo pensar en estos asuntos cuando la inmensa mayoría de la humanidad está sometida a la pobreza y el hambre? El punto está en que ambas cosas no están desgajadas, sino, al contrario, íntimamente imbricadas… Mi intuición anda por aquí: precisamente por fundar sociedades a partir de un desconocimiento radical de nosotros mismos es que esas sociedades son altamente disfuncionales, o, en términos evolutivos: estamos desadaptados a las sociedades complejas que nosotros mismos hemos emprendido, precisamente por habernos pasado la historia desconociéndonos, o, dicho de otro modo, imaginándonos como no somos y creyéndonos nuestros propios cuentos. O dicho aún de otro modo: hemos hechos sociedades para ángeles, para máquinas o para hormigas, pero no, aún no, para seres humanos…

Por ejemplo, nos hemos creído el mito griego y cartesiano de la racionalidad como distintivo humano fundamental y exclusivo, y con base en esa mitología creamos economías donde agentes plenamente racionales, que supuestamente deciden siempre en su propio beneficio, dan pie a que una mano invisible se encargue del bien común…

O, al revés, les creemos a ciertos empiristas la idea de que nacemos con una mente totalmente vacía, en blanco, que solo se llena con la experiencia de la cultura y las relaciones sociales donde crecemos, y pretendemos así que imponiéndoles cierto estilo de vida –decidido por otros– a todas las personas, construiremos una sociedad donde todas serán felices… De nuevo, sociedades para ángeles o para hormigas, por decir algo, pero no para humanos. Porque no somos ni una cosa ni otra: ni ángeles perfectamente racionales ni hormigas teledirigidas cuya mente se pueda transformar –en todos los aspectos importantes– por la simple (o compleja, da igual) transformación de las relaciones sociales.

El ser humano es un animal mucho más complejo: los sueños, mitos, ideales con los que nos hemos imaginado no han sido ni suficientes ni veraces; muchas de nuestras instituciones, forjadas a partir de esos mitos o ideales, necesariamente serán inapropiadas para que nosotros mismos convivamos en ellas. Conocer al animal humano parece ser hoy el requisito imprescindible para construir un mejor entorno para nosotros mismos. Dichosamente, tras milenios de evasión, en el último siglo y medio se ha empezado a emprender el camino. La felicidad es la meta, pero el viaje es lo más importante, como dice el título de Punset…

Empecé estas notas con el propósito de reseñar los dos textos citados. Me he desviado. No importa. Estas son notas de trabajo, y espero empezar a ensayar aquí un cuaderno de borradores… Retomaré el hilo en otro momento.

2 Respuestas a Ay, la felicidad (I)

  1. Frazier says:

    Eso victor, pura vida man?? Mae viera que bueno fue para mi leer este articulo, definitivamente voy a estar esperando que retomes el hilo.
    Sera que nuestros politicos se equivocan al propio para evitar que surja la felicidad en nuestras sociedades?

    Saludos mae que estes bien

  2. Víctor Alba says:

    Hola Frazier, gracias por la visita. Cualquier día de estos le entro un poco más al asunto… No creo que los políticos se equivoquen al propio (al menos no todos…), sino que arrastramos tantas equivocaciones que tal vez es cada día más difícil corregir el rumbo; lo cual no implica ni que sea imposible ni que no haya que seguir tratando. Saludote!

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